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Nsikana no se sentía atemorizado ni perturbado por ese extraño acontecimiento. Era como si lo hubiera estado esperando. Su corazón sencillo como el de un niño se sintió un poco azorado. Siguió caminado silenciosamente, esperando alguna otra cosa, alguna otra maravilla.
Pronto llegó, solo, a las afueras de la aldea donde se realizaría la gran danza. Ya podía escuchar el ruido rítmico llevado por los pies de los danzarines, y el sonido de los tambores. Las sombras largas de los bailarines saltaban cuando éstos saltaban, como si un grupo de gigantes silenciosos los acompañara. Los cuerpos centelleaban al resplandor de las fogatas, y aquí y allá las ollas de comida anunciaban con sabrosos olores la fiesta que seguiría cuando terminara la danza.
Viejos desdentados, de bocas hundidas, tocaban el tambor alegremente. Niños desnudos que procuraban ansiosamente divertirse, cruzaban aquí y allá. Las mujeres cuidaban de las ollas de alimento como se esperaba que lo hicieran. Los gallos cantaban en los árboles y, ocasionalmente, en medio de la oscuridad, rugía un león. Era una típica noche africana, y las estrellas de la Cruz del Sur se veían como una gigantesca corneta en el cielo.
Los pies descalzos de los bailarines se movían en perfecto ritmo. Grandes círculos de hombres, de cuerpos sudorosos que brillaban a la luz de la luna, danzaban gozosamente y al parecer, incansablemente. Había danzas típicas, con estilos y dibujos especiales. Cuando terminaba un estilo, comenzaba otro; la mayoría de ellos acompañados por cantos misteriosos en los cuales todos participaban. A veces algunas personas hacían preguntas cantando y otros les contestaban cantando. Había un compás perfecto en las monótonas melodías.
La transpiración era abundante, pero los bailarines no parecían sentirse cansados. Se lanzaban a cada nueva danza con entusiasmo renovado. Aun los niños formaban sus pequeños círculos en las orillas imitando los cantos de sus mayores.
En una de las danzas, se formaba un círculo y mientras los participantes imitaban un telar en el cual se entrecruzaban yendo y viniendo, dando pasos hacia adelante y hacia atrás, cantando preguntas y pidiendo respuestas, uno de los hombres saltaba al medio para dar las respuestas cantando. No se designaba a ninguno, pero tan pronto como uno saltaba fuera del círculo, otro pasaba de un salto a ocupar su lugar, cantando las respuestas misteriosas a las monótonas preguntas.
Nsikana se sintió repentinamente poseído por el extraño frenesí. Saltó al centro, y comenzó a danzar y a cantar como los demás.
¡Pero la luz no se lo permitiría hacer! Apenas había comenzado, cuando el extraño resplandor apareció de nuevo, bañándolo en sus rayos suaves, tan gloriosos como si procedieran de las puertas de oro.
A los ojos de Nsikana toda la aldea se iluminó repentinamente con una llamarada de gloria. Pero para su asombro ninguna otra persona de la aldea, ni aun ninguno de los bailanrines, vieron la luz. Siguieron meciéndose, cantando, danzando como si nada hubiera ocurrido. En ese instante Nsikana se dio cuenta de que el mensaje era del Gran Espíritu, y para él solo. El canto se apagó en sus labios. Abandonó rápidamente el círculo de bailarines, y quedó un momento pensando qué hacer.
