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Mientras se bañaba, la luz se esfumó, pero Nsikana no se sintió triste. Había sido obediente a la Voz y hasta la oscuridad que se cerró suavemente en derredor suyo tenía en sí dulzura y seguridad. Se detuvo a lavar cuidadosamente su frazada, porque algo de la arcilla la había manchado. Luego la colgó húmeda en sus fuertes hombros y se fue rumbo a su aldea.
Campanillas de gozo resonaban en su corazón. La luz había hablado. ¡ El Ser empapado de luz lo conocía por nombre! ¡Lo había llamado Nsikana!
Los borrosos perfiles de las chozas de su aldea se levantaron delante de él. Todo estaba en silencio. Habían quedado sólo los muy ancianos, los débiles y los enfermos, y ellos hacía tiempo que se habían retirado a dormir en sus chozas redondas techadas de paja.
Nsikana se detuvo en el sendero, extasiado. ¡La luz! ¡La luz! ¡Había descendido de nuevo, rodeando su choza y su redil! Veía claramente su gran buey blanco allí parado, rumiando plácidamente en medio de un
resplandor más brillante que la luz del mediodía.
¡Gran Espíritu! ¡Gran Espíritu! susurró, su voz quebrada por el gozo y la admiración. Atraído por una fuerza poderosa, Nsikana se fue acercando callada y reverentemente.
Mientras los demás estaban danzando o durmiendo, Nsikana encontró al Jesús del camino a Damasco. Encontró al Gran Yo Soy de la zarza ardiendo y la columna de nube y fuego.
Esa noche la Voz le habló de muchas cosas, y las palabras de consejo se hundieron profundamente en su corazón. Eso no era algo tan raro porque en toda nación el Señor se agrada del que le teme y hace justicia
Hasta el día de hoy el pueblo nativo camina con reverencia por el lugar donde solía estar el kraal de Nsikana. Es tierra santa, y el pueblo lo sabe, porque el gran Dios habló allí a Nsikana, el profeta del pueblo xosa. Nsikana se arrodilló y así quedó durante mucho tiempo bañado en la luz, escuchando. No sintió cansancio, porque la Voz parecía impartirle fortaleza
Pero repentinamente la luz desapareció, y el deslumbrado joven se encaminó a su choza, extendió su estera de dormir, y se acostó. Aunque una inmensa paz inundaba su corazón, no podía dormir, porque las cosas maravillosas que sus ojos habían visto y sus oídos habían escuchado le robaban el sueño de sus ojos.
Los bailarines no habían regresado. Consideró el consejo que había recibido. La hermosa voz le había ordenado que fuera a la mañana para hablar con el gran jefe de todos los xosas.
Al día siguiente sus compañeros le hicieron una descripción vívida de los placeres que habían disfrutado y que él había perdido. Le reprocharon por haberlos abandonado cuando comenzaban a divertirse. Bromearon con él llamándolo mtebe, que significa viejo
Pero a él no le importó lo que lo llamaban. Sin decir una palabra se dirigió al kraal (casa) del gran jefe.
