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Cualquier mazo de Tarot puede utilizarse para la adivinación a con dición de ser nuevo, usarse única y exclusivamente con este fin, no prestarlo nunca a otras personas Y ser de un diseño que no induzca a confusiones. Estas exigencias nos obligan a hacer algunas aclaraciones.
En primer lugar, todos los fenómenos parapsicológicos (entre los cuales la adivinación figura en un lugar destacado) se basan en la existencia de algún tipo de soporte de carácter psíquico que sirva de medio para su producción. Este soporte ha recibido innumerables nombres a través de la historia y en las diversas civilizaciones, entre los cuales podemos mencionar los siguientes: Chi, Prana, Mana, Od, Orgón, fluido magnético, energía psíquica, fluido astral, energía psicotrónica, bíoenerqía etc.
Una baraja de tarot en la cual los Arcanos Menores del tarot tienen tanta relevancia en el detalle de su representación como los Arcanos Mayores del tarot. Pintado por la pintora y estorista Pamela Colman Smith, refleja las ideas místicas y filosóficas de uno de los grupos de pensamiento iniciatico más relevantes e influyentes del siglo pasado: el Golden Dawn (Amanacer Dorado) de Londres, gurpo al que pertenecieron, entre otras figuras, Arthur Conan Doyle, Yeats y el infame mago y satanista Aleister Crowley.
Se trata de un mazo en donde los Arcanos Menores tienen tanta relevancia en el detalle de su representación como los Arcanos Mayores. Su iconografía remite al Art Nouveau, y su simbología es transparente, razón por la que se trata del segundo mazo de Tarot más utilizado, sólo después del Tarot de Marsella.
El Tarot Rider-Waite encierra una continuidad de la tradición del Tarot y, al mismo tiempo, significa una importante ruptura que separa al Tarot de sus orígenes místicos e inciertos, e intenta darle carta de ciudadanía y legitimidad en las escuelas psicoanalíticas.
Es obra de Arthur Edward Waite (1857-1942), uno de los miembros del Golden Dawn que en oposición a la escuela de Crowley intentaba encontrar una mezcla entre la racionalidad y las escuelas mágicas. Fruto de ello es su tratado sobre el Tarot: “Pictorial Key to the Tarot” de 1910.
Este “Clave pictórica del Tarot” es un ensayo que empieza por poner en duda los orígenes egipcios y místicos del Tarot. Sitúa el origen del mazo en el siglo XVI, y lo explica como una representación simbólica de la memoria colectiva de la humanidad, de las fuerzas que yacen en el inconsciente, en el lenguaje en que nos hablan los sueños. Para Waite, el Tarot es una herramienta de autoconocimiento.
Para acompañar su escrito, Waite pidió un mazo a Pamela Colman Smith, otra miembro del Amanacer Dorado, pintora estadounidense experta en escenografías teatrales. La idea era presentar un Tarot a la medida de los tiempos: moderno, ligero, claro. El resultado: cartas luminosas, de trazo sencillo y fresco, naifs en ocasiones, muy lejos del tremendismo de la tradición ocultista.
Libro y mazo fueron publicados por la editorial Rider, por lo que desde su primera edición se le conoce como Tarot Rider-Waite.






















Una de las numerosas explicaciones sobre el origen del Tarot cita su nacimiento en Egipto, en los antiguos ritos que antecedieron a la Cábala y a la alquimia a las orillas del Nilo..
Según esta teoría, el sistema de lectura del Tarot tuvo su origen en la representación de la división egipcia del Universo.
Los egipcios concebían tres espacios: el hombre, el espíritu y la materia. En esta cosmogonía, el hombre es el centro del universo, y el espíritu es campo entre la humanidad y lo material.
El Tarot, según esta teoría, habría surgido como un libro sagrado cuya fábula era el crecimiento y desarrollo espiritual del hombre. Un texto que, al mismo tiempo, enseñaba el sitio del hombre en el Cosmos, y representaba una guía para una vida recta.
Con ese fin, el Tarot se concibió como una reproducción del espacio sagrado de los templos, un diseño arquitectónico que a su vez era una representación del universo. Los egipcios habían dado una forma a cada una de las dimensiones de su cosmos. Para el hombre, un punto. Para el espíritu, un triángulo. Para el mundo sensible, un cuadrado. El punto dentro del triángulo, y el triángulo dentro del cuadrado.
Estas figuras se trazaban utilizando las cartas del Tarot, empleando la misma división que utilizamos hoy en día de Arcanos Menores y Mayores. De hecho, se trata de una concepción que nos explica las características de uno de los Arcanos más relevante: el Loco, el Arcano cero.
Como cualquier estudioso del Tarot sabe, el Loco es la carta número cero, sin valor como el resto de los 21 Arcanos Mayores. Para los egipcios, esta carta representaba al Hombre: sin peso ni pecado al nacer, lleno de posibilidades pero ciego. Lo representaban con un punto, y lo colocaban en el centro del Universo.
A su alrededor, ubicaban un grupo de 21 deidades, dispuestas en tres líneas de 7 cartas que formaban un triángulo equilátero. Los Arcanos Mayores representaban al mundo espiritual, la misma dimensión representada por las Pirámides.
Alrededor del triángulo, se disponían figuras que representaban los cuatro elementos, 14 por cada uno, 56 en total: los Arcanos menores y sus símbolos. El agua (las copas), el aire (las espadas), la tierra (los oros) y el fuego (los bastos). Estas 56 figuras se colocaban formando un cuadrado, en representación del mundo sensible o material.
Esta concepción puede encontrarse en las representaciones modernas del Tarot Egipcio: el Loco aparece de pie sobre un cocodrilo (el agua), vestido con la piel de un leopardo (la tierra), a medio camino entre el agua y el fuego. Su cuerpo es un tríangulo, y el fuego y el aire que le rodean forma un cuadrado.
El Tarot, para los egipcios, era un mapa del cosmos para encontrar nuestros lugar y las vías hacia la realización personal.


